El libro de la selva

El Libro de la selva.

El Libro de la selva

 El libro de la selva

Aquella noche, en la selva de la India. El padre lobo y la madre loba no podían creerse lo que veían: en la entrada de la cueva, desnudo y hambriento, lo que parecía un pequeño humano.

Compadecidos, lo llevaron dentro de la cueva y lo pusieron al lado de sus cuatros lobitos. Aún no habían terminado de lamerle las heridas, cuando Shere Khan, el temido tigre de la selva, va a rugir:

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¡La nariz no me engaña!. Ahí dentro tienen el pequeño humano. Dénmelo!

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“No, Shere Khan”, respondió con firmeza el padre lobo. Se quedará con nosotros.

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Así, el pequeño humano va a pasar a formar parte de los lobos. Le pusieron por nombre Mowgli y una noche en la roca del consejo lo presentaron al resto de la manada.

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“Mowgli no es como nosotros”, reconoció Akela, el lobo gris y enorme que presidía el consejo. Y nuestra ley dice que nada más será aceptado en la manada si lo defienden al menos dos de los asistentes.

“Yo lo defiendo, dijo el oso Baloo a los lobos.“Y yo también”, añadió Bagheera, la pantera negra, que ofreció un regalo para poder votar, ya que no pertenecía a la manada.

De esta forma, Mowgli pasó a formar parte de la manada de lobos.

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Pasaban los años y Mowgli era muy feliz. Bajo la mirada atenta del padre lobo, Bagheera y Baloo enseñaban al niño a vivir en la selva. El chico aprendió a cazar, a subirse por los árboles, a nadar en las lagunas, el lenguaje de los animales, a distinguir el sonido de la selva y sobre todo, evitar a Shere Khan.

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Pero el tigre no era el único peligro para Mowgli. Un día las monas Bandar-log, que no tenían ni ley ni jefe, lo llevaron a las Casas Frías.

¡Somos las más listas de la selva!, gritaban las monas alrededor de Mowgli. Y tú serás nuestro jefe.

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Para rescatarlo, Baloo y Bagheera pidieron ayuda a Kaa, una serpiente pitón muy gorda que atemorizaba a las monas.

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Una tarde, Shere Khan va a esperar, escondido entre unas basuras muy altas, que Mowgli pasase solo cerca del barranco del Waingunga.

¡Te ha llegado la hora!, rugió el tigre en la espalda del chico. Pero cuando estaba a punto de saltar sobre él, cayó un rayo sobre un árbol seco y salió fuego. Mowgli conocía el pánico que el tigre tenía al fuego, así pues, partió una rama y prendió fuego del árbol abatido por el rayo. Shere Khan huyó espantado y en su loca carrera, va a despeñarse por el barranco.

“Mowgli”, le dijo la pantera poco tiempo después, ya has hecho diez años y ha llegado el momento que vuelvas con los humanos.

Shere Khan ha muerto, pero en la selva siempre te acecharán peligros.

“Yo soy un lobo”, protestó Mowgli. Y mi vida es aquí. A Baloo y a Bagheera le costó mucho convencer a Mowgli que regresase a la aldea.

Cuando estaba cerca, Mowgli va a murmurar: “Siento una cosa muy extraña, Baloo… Es como si los ojos se me quemaran. Nunca me había pasado”. ¿ Estaré enfermo?.

“No Mowgli, son lágrimas”, le dijo Bagheera. Una cosa que nosotros nunca podremos sentir.

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Y dejando rodar aquel fuego por las mejillas, Mowgli se fue hacia la aldea. Los padres, que diez años antes lo habían perdido en la selva, lo reconocieron enseguida.

Mowgli aprendió el lenguaje y las costumbres de los humanos, y una ley nueva, muy diferente a la ley de la selva. Pero más de una vez, Mowgli regresó a la roca del consejo y se reunió, bajo la luz de la luna, con los lobos, Baloo y Bagheera, sus amigos eternos.

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